La Tesis de Enri


Taxi
Cuando Carlos me recomendó que yo comprara la finca, no lo veía muy claro. Tenía el presentimiento que me iba a costar mucho trabajo, y así fue. En principio solo me interesaba por los caballos. Ya tenía alquilada una cuadra y mis amigos de la cooperativa de materiales me prestaban un bancal. Cuando faltaba paja, encargaba un camión de Guadix y me salía en menos de dos cientos pesetas por albahaca; con una tenía para dos días, así que se puede calcular que me valía cien pesetas al día el forraje de los caballos. El alquiler de la cuadra era caro, pagaba treinta mil pesetas al mes (unos ciento ochenta euros); pero comparecido con pagar sueldos mínimos y seguridad para dos hombres, no era tanto.
Resulta que, teniendo la vida tan resuelta, me dio por complicarla. Quería regar el bancal que tenía prestado, a ver si brotaba algo de verde. Me metí en la acequia, a limpiarla. Lo cargante era que, mientras que uno sudaba y luchaba con el barro que atascaba a la acequia; los zarzales atacaron desde arriba, enredándose en mi pelo y arrancándolo con sus espinas. Me quedé como Hércules luchando con la Hidra. En vez de disuadir me, mas me anime. Dejé el agua abierta y a la mañana siguiente se habia caído el balate del vecino, lo cual me costó cien euros. Si uno hiciera las cuentas, el agua tiene que salir más caro que la gasolina, por lo menos en Andalucía.
Tengo otra memoria de aquella acequia; para bajar al bancal, ahí donde la calle moría, había que saltarla. Una mañana traía el caballo con migo y al llegar a la acequia se levantó la cabeza y, al ver el reflejo del prado en su ojo. Enseguida entendí su idea, y caí al suelo al tiempo que el pasó por encima; el idiota se habia olvidado de mi en su afán por llegar a los pastos. Fue tan rápido que apenas me lo pudo creer, excepto que, al llegar a la casa, tenía las bragas llenas de chinitas.
Quise hacer una sombrilla para el patio de la cuadra y Carlos trajo un gitano, amigo suyo, que estuvo un par de días fabricándola con cañas del río. Cuando venimos a colocarla resultó imposible moverla. Tanto pesaba!
Así conocí a otro elemento diabólico del campo Andaluz, la caña; antes tenía gran valor en la construcción, se utilizaba para apoyar los suelos de las casas. Es fuerte, pero también cede con el movimiento. Todos los lindes del río van sembrados de caña que es propiedad de Hidrográfica del Sur (ahora la Junta). Está prohibido cosecharla sin permiso dado que las cañaveras sirven para proteger las orillas del rio de la erosión. En mi propia finca me denunciaron por limpiar caña y tuve que pagar €300 de multa. Peor era pagarle casi siete cientos a Rosario la abogada para redactar la carta.
Ahora no se puede comprar, ya que está prohibido en la obra por las normas legislativas, solo hay caña partida para jardinería en Leroy Merlín, o bambú importado de la China.
El muerto de la sombrilla se quedó ahí, por encima del estercolero. Nunca lo llegue a quitar porque me di cuenta que, ya que me iba entregando a los labores del campo, igual seria que me comprara mi propia finca. Dejé el alquiler de la cuadra, y Carlos mandó el gitano ayudarme con los caballos.
Antonio Moreno Cortés tiene varios apodos, primero lo conocí como el Coplero, después como el Moño. De hecho ya lo había conocido años atrás cuando los dos expusimos unos cuadros en el Salón Parroquial de Ugíjar. Era él muy joven entonces y ya tenía hijo; dos hijos más tenía cuando vino a mi finca y seguía pintando. Aprovechaba arenas y minerales molidos para preparar pigmentos que luego aplicaba a la superficie del cuadro; parecía arte aborigene. También tocaba la guitarra y componía canciones, la más conocida era:
– ¡Taxi, a Nueva York! guita, guita, guita tengo yo…
Siempre dispuesto a festejar, se hizo adicto a la heroína en los ochenta y, cuando lo tenía con migo, llevaba años con el programa Arquímedes de Granada. Este programa le proporcionaba metadona como alternativa, y cada tres meses tenía que pasar revisión con una psicóloga. Suponía que tenía que coger día libre para ir a la capital. Esto era un coñazo porque el trabajo, de obra o de campo, siempre cunde mejor con dos hombres. Un día resulto que lo llevé yo a su cita, y ¡Suspendió la prueba! O sea; estaba drogado. La semana siguiente me llamó la psicóloga sugiriendo que volviera a firmarle el contrato para que le diesen de alta en el programa otra vez,
– ¡Mira! La repliqué
– Hay que reconocer que lo de la metadona no funciona… Lleva años Antonio con esta, y aún no se le ha quitado el mono…
Antonio dejó el programa, y se quitó de la metadona aquél verano. Dijo que se la quitó durmiendo. Se me ocurría pensar que dormía mientras que cobraba pero; si de verdad estaba limpio…. Con unos cuantos porros y unas litronas, lograba mantener el ritmo durante el día. Era un hombre fuerte y solía trabajar bien.
Antes de conocer a Antonio ya era amiga de su hermano Paco, dicho ‘el Nano’ quien era un gitano famoso por su sentido de humor y sus buenas relaciones con los guiris de la zona. Nano ganaba la vida en la obra y tenía mucha fuerza en los brazos y hombros. Estaba dos años trabajando en la reforma de mi casa en Ugíjar antes de venir a la finca. Estuvieron los dos hermanos con migo unos cuatro años en total. Conseguimos efectuar unos grandes cambios en la finca si se toma en cuenta la falta de acceso que tenía. Yo, cada vez, gastaba más tiempo ahí; tenía que estar siempre por encima si no quería ver el tiempo malgastado, no solo por pereza, sino por lo torpe que pudieron ser.
A Antonio le gustaban mucho los animales, antes iba con Carlos a cazar pájaros en los ríos. Un pájaro en su jaula, que cante, o sea muy bonito, provoca mucha envidia entre los vecinos del Cerro. Por desgracia, y por los patios que conectan a todas las casas, resulta fácil quitarle el pájaro al vecino.
Es notable que pronto supere las pérdidas aquella gente. Se resignan al hurto de sus cosas. Una vez íbamos andando cuando Antonio encontró un fósil por el camino. Se quedo muy contento, iba a guardar lo en su casa, cuando, poco después lo vi volver a meter en el suelo.
-¿No lo quieres?
– Mejor dejarlo ahí; estará libre.
La desventaja que hay, claro, es que luego no se cortan en llevar todo lo que no es suyo. ¿Tendrá que ver con este concepto de la ‘libertad’ de las cosas?
Enriqueta
Antonio tenía un canario de un amarillo chillón, que le gustaba bajar a la finca. Solía colocar su jaula en el muro del cortijo, para que tomase el sol el animalito. Un día decidió soltarlo y los dos admiramos como, al abrirse la jaula, el pajarillo cogía vuelo arriba atravesando el aire lucido; iba bien cuando bajó un cernícalo de la Cará y en el parpadeo de un ala, se lo pilló. Antonio se quedo mirando el punto donde desapareció el canario, la jaula aun colgando de su mano.
– Pues… ¿Qué esperas hombre? ¡Tan amarillo!
Le seguía por todas partes una perra callejera, harta de parir, llamada Lina, pero él, lo que quería, era un hurón. Trajo uno, que murió, y después otro, que le duró bastante. Era un macho joven y se lo llevaba metido en la chupa para arriba, para abajo. Un día le detuvo una pareja de la guardia frente a la Peña, para ver lo que llevaba. Uno de ellos era mujer, y Antonio vacilaba con que le gustaba a su hurón, y la cara de sorprendida que ponía cuando el animal se asomó, pero al otro día se le dijo que le faltaba una licencia para llevarlo.
Con un arnés que le sujetaba, le ataba a un almendro y el animal jugaba solo. Se ponía de píe como una persona, para luego doblarse en el aire como un interrogación. Era un bicho muy sociable, y consideraba amigo a todos los que se le acercaban, mostrando su alegría en un frenesí de movimiento sinuoso.
Cuando se enfermizo, todos los perros tenían el moquillo, y Antonio creía que a lo mejor el hurón también. Quería que yo lo llevara al veterinario pero yo no me veía agarrando a un hurón para pincharlo, así que se lo dejó al vecino Ceferino para cuidarlo. Al cabo de una semana le pregunté por la salud del animal y me dijo que se había muerto.
– ¿Del moquillo?
Contestó que murió ‘del amor’. Por lo visto esto pasa con los hurones adolescentes. Si no se aparean, se les hinchan los testículos hasta que su propio semen echa atrás y se envenenan.
– ¿Y… echándole una paja?
Dijo que lo hayan intentado pero ¡En balde!
Ceferino le regaló una pareja de conejos y Antonio decidió acorralarlos en una de las cuevas que hay en la Cará. Estaba la cueva lo bastante baja para alcanzarla, pero alta para que no pudieron saltar. Metí paja y pienso y ahí se quedaron, como dos astronautas viajando a poblar un planeta nuevo. Pero cuando se acordó asomarse, estaban los dos tiesos:
– ¡Claro! ¡Sin agua! Le regañé
– ¡Sí! Que tenían agua, mujer.
– Hace una semana tenían, esto no les dura…
Nunca conseguí enseñarle la importancia del agua a la existencia; pienso siempre echaba en cantidades, pero muchas veces se olvidaba el agua, y varios animales se perdieron así. Y cuando reconstruimos los bancales del secano, sembrándolos de cepas de Cabernet y Merlot le dije:
– Habrá que regarlas ¿No?
Y me contestó que las viñas eran de secano, y no se hacían falta regar.
Otro vecino de la finca era Manolo ‘el Loco’, también hermano de la misma familia. Tenía un caballo tordo, entero y árabe que muchas veces quedaba atado en el bancal de al lado. A este animal le he visto, sin agua, sin paja, ni siquiera sombra; ahí aguantando la solana tres días, su único descanso siendo la misericordia de la noche. Muchas veces yo me acercaba para traerle higos, o cualquier cosa que me sobraba en el camino. Siempre me los cogía con una gentileza que debería haber avergonzado a mis caballos ¡Tan mimados y mal educados ellos!
Ceferino tenía una cerda y cuando llegó la época de la matanza le pedí que me dejara llevar la sangre para hacer morcilla. Así que un sábado temprano nos reunimos en mi finca los tres, y la cerda, a quien ponían ‘Enriqueta’. Trajimos una mesa de matanza de mi casa, un cuchillo bien afilado, y una bota de vino para darles coraje a los hombres. Después de una hora estaba vacío la bota pero aun les faltaban valor a los hombres. Decidieron subir al Cerro, a buscar un gitano “muy malo” quien estaría dispuesto venir a pinchar a la marrana. Yo me quedé en la finca con ella. Ahí estuvimos un buen rato esperando que volvieran, parece que pasaron a por el Andorrano a por mas coraje; trajeron al gitano malo, y la bota llena. Me explicaron que al otro también le faltaba un trago para resolverse al asesinato. Pasó otra hora, y yo ya me preocupaba por las moscas que empezaron salir. Los hombres estaban tumbados por ahí. Ceferino tenía abrazado a la cerda, muestra de cariño a que respondió Enriqueta contentísima; seguro que creía que su vida acababa de dar un giro para mejor, que así por adelante iba a pasar los días, hurgando en mi huerta, en los brazos del Ceferino.
Al final la mataron, y me fui corriendo a la casa con la cuenca de sangre. Tenía la Pamela todo lo que quedaba del día rellenando las tripas, metiendo cuajado con su dedo sucio y elegante, pero el embutido me salía mal. ¡Ni los perros lo comían! No solo faltaba cebolla, también sobraba orégano.
Como Antonio tenía familia decidí asegurarle. El sistema era que yo pagaba la mitad y la otra mitad la pagaba él, o algo así, era muy complicado. Era muy importante que el obrero se daba de baja en cuanto no pagaba; si no lo hacía la seguridad seguía facturando la deuda debido por él, y añadiendo intereses. Como Antonio tenía una deuda pendiente de mil euros me quedé en pagárselo, así que él podía ir pagando los sellos, para luego tener un seguro en condiciones. Yo razonaba que el disparo de mantener dos caballos para mi uso propio pudiera por lo menos dar un trabajo digno a una persona.
Me regaló un cuadro suyo, muy bueno, y me veía bien pagado, pero esto fue después, en Barcelona. Nos fuimos ahí a exponer sus cuadros, mis retratos, y las figuras de barro del Nano.
En principio, como yo no sabía nada del campo, me interesaban las posibilidades que tenía, digamos… esculturales
Guerra

Dos veces al mes el mercadillo viene al pueblo. Los mercaderes llegan temprano, algunos duermen en sus furgones, y se instalan en todas las calles del pueblo. Al no quitar su coche a tiempo se queda uno atrapado; a partir de las nueve no hay manera sacarlo de ahí. Los municipales andan buscando los dueños de algún coche que estorba, el jaleo del montaje de los puestos resuena en la plaza y, a por las diez, se queda toda tapada por toldos de colores. En La Tasquilla está desayunando una familia de gitanos elegantes. La señora toma un descafeinado de leche mientras sus hijos echan un partido a la maquina.
El puesto de los frutos secos tiene fama y ahí siempre hace cola. Los mayores compran garbanzos y ajo mientras las mamas eligen chuchería para sus hijos. Yo compro alubias en cantidad, y kilos de dátiles. Cuando me preguntan ¿Por qué? Digo que es por prevención, en contra la escasez que pudiera haber en tiempo de guerra. Me miran con curiosidad; ni en tiempos de guerra ha habido hambre en la Alpujarra me parece.
La declaración de guerra en Iraq impresionó muy poco a la gente del pueblo. En una cena con amigos yo propuse un juego de sobremesa, a ver qué cosas nos serían imprescindibles. Además que frutos secos, me sorprendía a mí la cantidad de productos de papel que me pudiera faltar. Pero quizá más contundente fue la reacción de Pedro el alemán, quien especificó armas y droga:
– Así me cambiarás tus garbanzos por marihuana ¡Y yo defiendo lo mío con una buena Kalashnikov!
Fiel a mis tendencias artísticas, volví a desviar mi atención de la huerta para enredarme en un proyecto gráfico. Despejando el suelo del local; aproveché el tablado como mesa para pintar tres letras enormes. Utilizando los fardos de la cosecha trabajaba acuclillada deletreando PAZ en pintura blanca. Conforme continuaba me llenaba una sensación de bien; pensaba que pudiera continuar todo mi vida pintando aquella palabra, como repiten algunas artistas la misma imagen una y otra vez. Me impulsó hasta buscar la palabra correspondiente en árabe, pero, según leí, la interpretación está a cargo de los imanes; ellos reconocen varias niveles de entendimiento de cualquier frase, así es que la palabra paz, en primer lugar, quiere decir concordia, luego se extiende a significar concordia entre los que son hermanos en Alá, y por extensión, al desconcordia hacia los que no lo son. Así los hombres tuercen el significado de las palabras.
Mi finca tiene a su espalda un acantilado que separa de forma perpendicular la vega del río de los secanos arribas. Lo dicen la Cará y debe caer como cuarenta metros desde el monte hasta abajo; excavados en él están las cuevas que son de mi propiedad. Dice Gary, el arqueólogo, que a lo mejor estas cuevas servían de graneros en tiempos medievales. Los niños del pueblo solían llegar escalando hasta ellas; me quitaron unos cabos de la finca y los dejaron colgando como hilo dental de unas bocas viejas.
Desde la finca hasta el monte se sube por la cuesta del Molino, un camino empinado y pedroso que se levanta hasta los pechos de secano arriba. De ahí coge unos caminos lindos que pasan por fincas de almendros. Pero nosotros echábamos por un camino más directo. Atravesábamos malezas y matorrales con los fardos enrollados. Yo solo podía con uno, Antonio llevaba los otros dos. Cada letra medía tres metros y pesaban un huevo. Llegábamos sudados a la cima.
Cuando arriba nos acercábamos hasta un punto de la Cará que no correspondía a mi finca. El sitio lo elegimos porque ahí había una raja donde un trozo de terreno se separaba del monte, como si iba a derrumbarse. Nuestro propósito era colgar el cartel de aquel trozo, tendiéndolo de la raja con piedras atadas con cuerdas. Íbamos doblados a ver que había maquinaria ahí arriba. Extrañaba ver aquellas maquinas donde antes no había nada más que almendros florecidos y caminos arenosos, así que nos mantuvimos agachados, para no llamar la atención. Saltar la raja, y balancearse en el trozo de acantilado estrecho daba miedo pero conseguimos colocar las letras, y el cartel se tendía, mostrando la palabra PAZ a todo el pueblo.
Aquella tarde, desde la gasolinera, me alegraba verla, como si escrita en la misma Cará. No se cuanta gente la llegaron a ver porque, por la mañana ya se había desaparecido.
Buscando las letras en el pie del acantilado, nos pusimos otra vez a escalar hasta la cima. Una segunda vez evitamos asomarnos las cabezas a los excavadoras trabajando a lo lejos, una segunda vez nos acercamos al vacío y volvimos a colocar el cartel. Suponíamos que el viento lo había arrancado y esta vez utilizábamos más piedras atadas para darle peso. Solo me arrepiento que no fue enseguida a sacarle una foto, por lo bonito que se quedó. No me daba tiempo, por la mañana otra vez estaba quitado, en su sitio alguien ha conseguido bajar trepando y iba pintada con pintura blanca una M grande, y otra más pequeña al lado.
Le faltaba una M.
Agua

De Manolo Maldonado Maldonado solo conocí a su mujer, una cubana negra, lozana, muy atractiva, cuya presencia en la feria, vestida de gitana, creó una gran impresión. Parece que ella trabajaba en un invernadero, que era de su marido, y que él era de los hermanos de la casa Renault.
No sabía que la finca de secano donde yo solía echar un galope con mi viejo castaño se había vendido a Manolo por su tío Rafael. Como acequiero Rafael sabía que está prohibido regar el secano. Su sobrino, no obstante, propuso instalar tres invernaderos grandes y una casa adosada en lo alto de la Cará, que dominará todo el pueblo. Como el proyecto carecía de papeles, no se veía ni una solicitud en el ayuntamiento, y se preguntaban ¿Cómo iban a regarse unas explotaciones tan grandes?
Se suele cultivar el secano sin agua, de ahí el nombre. Arando los suelos y con que caiga la lluvia de primavera, se ponen los almendros en flor a por el mes de marzo. Se vuelve a labrar antes que entra el calor del verano. En falta de riego, es el arar que da vida al secano. La hierba picada tiene que proporcionar a las raíces oxigeno, nitratos y algo de humedad para que el frutal aguanta hasta las próximas lluvias, que llegaran con suerte, en setiembre. El arar en el Mediterráneo es como se mantienen los frutales con vida, aunque haya escasa agua. En la vega el olivo, y en el secano el almendro, llevan aguantando la sequía y la solada desde los tiempos de Homero.
Aun se ve algún aljibe en los secanos. Es una cisterna con el techo en forma de bóveda. Los he visto en Formentera, una isla sin agua, donde se llenan por la lluvia a través de un campo de captación, que parece una era rodeada por un muro bajito de piedras. La forma de la bóveda provoca el movimiento del aire dentro del aljibe, haciéndola pasar por encima de la superficie del agua como una brisa y manteniendo la temperatura del agua. Cerrado con una puerta, el agua descansa en la sombra y no deja entrar ningún animal. Si uno se asoma dentro de un aljibe, cuando no hay nada más que luz y calor en el exterior, es como asomarse a una iglesia, por la sensación de tranquilidad y frescura.
En la Alpujarra el arte del aljibe está perdido. Tampoco hacen las balsas cuadradas y hondas de antes. La balsa nueva cobra mucha anchura, forrada con una lamina de plástico. Tiene más superficie que profundidad y en el verano tiene que perder cientos de litros de agua cada hora por evaporación. Cualquier animal, que no sea pájaro, caí dentro, contaminando el agua y ahí se crían mosquitos, como los que vienen de la África.
Cuando las acequias estaban en arreglo, y todas las fincas bien labradas, el agua del corte valía para todos, aunque siempre ha habido discusiones. Tantas peleas ha causado el riego que, para uno que no está bien de la cabeza, dicen que es “del agua.” Para regar mi finca teníamos que limpiar un kilómetro de acequia para guiar el agua del río. Aquella agua trae mucha arena, y no tarda en atascar otra vez la acequia. También trae lo que le echan río arriba, como sirve de desagüe para Nechite, Valor y Mecina. Después de algunos días de feria, como Semana Santa, se está uno regando con aguas inmundas. Solo cuando ya no queda agua en el río vienen los acequieros a repartir el agua limpia del corte, a cada finca en su turno. El proceso se llama la tanda.
Como mi finca está a pocos metros de altura, creía que podía haber agua en el subsuelo y, abriendo un pozo, así me librería del río. Consiguiendo permiso de Hidrográfica tenía que perforar a una distancia de por lo menos diez metros del centro del cauce del río, y a cien metros de cualquiera otra perforación. Tuve la suerte de que un pequeño bancal mío se encontraba a la distancia adecuada del río. Este bancal iba muy pegado a la Cará y justo por detrás de la finca del vecino. Tenía buen aspecto, en aquel punto había dos higueras grandes, un limonero y un olivo viejo, también muy grande. Vino un Zahorí y él opinó que podríamos encontrar agua a unos ocho o diez metros de profundidad. También dijo que perforando la Cará por el horizontal igual pillábamos el agua que viene, cogiendo fuerza mientras que busca el camino al río, desde el secano que hay arriba. Cuando miraba al acantilado lo veía como un masivo depósito de agua, y me llenaba de ilusión la posibilidad de aprovecharla.
Con el Zahorí vino un ingeniero quien indicó el camino para traer un sinfín al lugar de la perforación. Debido a las dificultades del acceso habría que meter un todo terreno con una agrupa*. Solo se podía acercar pasando por el bancal del vecino y, para facilitar el paso del todo terreno, faltaba limpiar unas cuantas ramas de naranjos suyos. Aquélla finca era de un gitano delgado y elegante llamado Luis. Antes de tenerlo como vecino siempre me llamaba la atención por su garbo y su marcado parecer a Lee van Cleef. Llevaba sombrero y componía versos que cantaba con una voz muy agradable. Su mujer, hasta entonces ausente, tenía mala fama, y una de las coplas de Luis iba así:
Mi mujer es una centella,
Hecha de odio y amargar.
A su marido atropella,
Dios le dé una enfermedad…
¡Que las moscas huyen de ella!
Yo me reía, sabiendo que entre los casados puede haber muchas desgracias. No estaba yo dispuesta creer que la mujer de Luis sea tan mala. Pero no tarde en enterrarme, porque entonces vino Carmen de vuelta al pueblo, y tuve la oportunidad de conocerla. Fue ella quien bajó aquél día para ver por donde tenían que pasar las maquinas del ingeniero.
Como estaban peleados con la asociación de regantes, desde hace años que su finca no se regaba en el verano. Así que los naranjos estaban más bien secos, las ramas sin hojas señalaban el aire como dedos carbonizados. Indicando el ingeniero las ramitas tiesas que había que limpiar, todos estaban de acuerdos con que le vendría bien a los frutales una poda y en principio hasta Carmen parecía dispuesta a que las limpiábamos a cuesta mía. Hasta que el ingeniero y el Zahorí se largaron. En aquel momento se puso como una loca, empiezo a gritar y chillar, como si pretendimos quitarle algo. Pronto dio por entender que el pozo no se abriría por aquel lado.
Algunas cosas cansan contarlas, y así es para mí cuando pienso en el trabajo que nos costó aquella mujer. Como no había otra manera, estuvimos un año abriendo el pozo a mano, con pico y pala. La ilusión que tenía de pinchar la Cará como un tonel y aprovechar un chorro de agua limpia y a presión se desvaneció. La ilusión nace como una tela araña matinal, llena de luz y rocío; luego vuelve pesada, se carga en carretilla, día tras día, se va abriendo golpe tras golpe. Las materiales que faltan para apoyarla también se cargan, se pasan por el rio en sacos. La ilusión tan intensa se va cobrando la vida y los años de uno y nunca se llega a realizar.
Llegábamos a unos siete metros cuando recibí una carta de denuncia de Hidrográfica, por haber perforado un pozo sin permiso. La denuncia llevaba la firma del quien me había concedido el permiso el año pasado. ¡Menos mal que aún conservaba el numero de su móvil! Resultó que faltaba que le devolviese un documento, adjunto con la prueba del pago. Suerte tenía en encontrarme la prueba aquella; le digo porque.
Mi amigo el Zahorí me había dado el número de aquél señor, aconsejándome que me pusiera en contacto directamente con él. Cosa que hice. A los pocos días él me devolvió la llamada y me dio por teléfono un número de cuenta bancaria. Me dijo también las cantidades que tenía que ingresar. Al poco tiempo de haber hecho los ingresos recibí una carta con el permiso de perforar en mi finca, otra hoja llevaba la instrucción “Devolver al departamento de minas correspondiente.” Como no sabía cuál era el departamento correspondiente me la quedó. Resultaba que el oficial tampoco conservaba ninguna prueba de las cantidades que ingresé y ahora quiso darle el permiso a perforar a Manolo Maldonado Maldonado cuya finca, aunque estaba elevada a 40 metros por encima la mía, caía, en el horizontal, dentro del límite de los cien metros. Así que el funcionario me denunciaba a mí por pozo ilegal. Rebuscando entre los papeles del banco, que empezaron a reproducirse como hojas en otoño, di con dos en donde se veía las cantidades que ingresé. Le llamé y, muy secamente, me dijo cual era el departamento correcto; me preguntaba si hubiera dado con agua y le dije que aun no, noticia que le parecía agradecer.
De vuelta me informaron que el permiso de perforar ya estaba caducado, y ¡Prohibido seguir! Así que mi pozo quedó sin agua.
Yo, pensando que esto era un principio, no sabía que era el fin. Al quedarme sin el abastecimiento fiable del agua significaba que todos los esfuerzos y recursos a que iba a dedicar a la finca iban a ser en vano. Mis dos vecinos representaban dos fuerzas inmutables, la locura y el estupidez; luchar en contra estos dos era como luchar contra el viento, o el mar.
Cojonudo
Una finca es como una casa sin techo; si no la limpias se vuelve silvestre. Así estaba mi finca cuando di la primera vuelta como propietaria. Iba con cuidado por la hierba espesa, para no pisar ninguna culebra. Conforme me iba acercando a un níspero, o un granado, las ratas se dejaban caer al suelo como frutas carnosas.
De Esther y Carlos había heredado una gata, Vanessa. La llevábamos a la finca y ahí se quedó. Todos los gatos que ha habido desde entonces son descendentes de ella; hasta la gata blanca que aun sigue ahí. Empezábamos segar la hierba. Como Nano y Antonio solo sabían apañar con la hoz, compré una guadaña para aligerar el trabajo. Un vecino del barrio Santa Lucía nos dejó un bancal de verde, y los hombres se metieron ahí para practicar. Toda la tarde los viejos se apoyaron en el muro para criticarnos. Uno de ellos me llamó ‘María’ y no paraba de opinar sobre la técnica de la siega.
Con la finca limpia, ya no daba miedo andar por ella. Las culebras, más bien, se aguardaron en la acequia. Cuando encontraba uno de sus pieles, Antonio se lo guardaba para curar el constipado del caballo. No sé si el remedio habrá sido eficaz o no, como ningún de los caballos se constipasen…
Un día estando yo en el patio del colegio, fue testigo de una conversación entre las madres sobre una excursión a la fuente Cebollas que iban a hacer con los niños. Hablaron de la posibilidad de encontrarse con bichos. Una de ellas había visto ahí una vez una culebra muy grande:
– ¡Es que yo la vi! Iba por la acequia pa’ abajo, decía, cuando una abuela la interrumpió:
– A mí, me la es mil veces mejor la culebra que el lagarto. La culebra va a por los hombres, pero el ‘garto tira a por las mujeres,
– Si… asentó otra,
– Si tienen la regla…
– ¡Se tira por ahí! dijo la vieja, señalando su entrepierna tapizada de flores.
– ¡Y la culebra también! ¿Eh? interponía otra:
– Había una mujer, quien vivía en un cortijo que, cuando estaba mamando…
– La culebra metí la cola en la boca del niño…
– ¡Y ella mamando!
– La cogieron…
Me choca el asco que les da a algunas personas las cosas del campo, como si fuera todo sucio. Por cada buena campesina hay una señora que vacila de no salir nunca al campo; es la misma señora que gasta siete botellas de lejía por semana.
Por casualidad comenté lo de la excursión escolar a Antonio la mañana después y se alarmó:
– Enri, ¡Esta fuente está contaminada!
– ¿Que dices?
– ¡Que si! mujer. Ya no bebe nadie de ahí. Parece que el agua se contaminó por los invernaderos.
– No sé Antonio, ellas sabrán…
– No te fíes, dicen que es muy peligroso hasta tocar el agua…
No sabía que opinar. Pensaba que los gitanos suelen tener un buen conocimiento local, gracias a sus andanzas; también conservan la costumbre de beber en las fuentes públicas. Así que me fui corriendo al colegio ¡Todo cuesta arriba! Y llegue algo sofocado. Me encontraba con las mamás en la puerta preparando llevar a sus hijos de excursión. Las explique, como pude, lo que me había dicho Antonio, notando enseguida en sus actitudes lo impropiedad de aliarme con él. Enseguida se volvieron defensivas cuando las dije que el agua pudiera ser peligrosa,
– ¡Tonterías! soltó una,
– ¡Si yo llevo toda la vida bebiendo de aquella fuente!
– ¡Y yo también! Contesté impetuosa, aunque no era lo que quería decir y tampoco era verdad. De hecho yo no sabía ni donde se encontraba aquella fuente, solo que se situaba en la rambla Carlonca donde cada día se levantaban nuevos invernaderos. Hace unos meses que mi caballo frenó en seco ante un enorme hueco aparecido de repente. El camino desapareció, dejando un vacío, en el fondo del cual se discernieron las maquinas trabajando; tamaño de juguetes. La excavación parecía la mina de los malos de una película ‘James Bond’, cuando quieren apoderarse del mundo.
Mi respuesta no impresionó mucho a las mamas. Me miraron con desdén, por haber osado criticar, aunque por insinuación, al pueblo. La excursión no se suspendió, pero no sé si dejaron a sus hijos que se bañasen. Yo busque a mi niña y volví al trabajo.
Yo me sumergía en el campo entonces. Cuando a mi hija le faltaba aprender leer, la lleve conmigo; sentada por debajo un olivo me leía las frases de su libro mientras que yo preparaba las carretillas de mezcla y bajaba cubos al Romano quien repellaba el pozo. La preparé una mesita en el cortijo y ahí se quedó leyendo en voz alta entornada por las herramientas y trastos mugrientos; la pagina iluminada por el rectángulo de luz solido que entraba por la puerta. La nave era el único refugió del calor y la luz, para llegar ahí después de comer era cruzar un desierto que cegaba y disipaba la fuerza humana. Pero me costó más trabajo corregirla a mi niña en sus tentativas de lectura que subir y bajar el cubo del pozo innumerables veces. Que aliviada estuve cuando, después de una semana, ya sabía leer y podía volver al colegio.
Claro es que el trabajo del campo es duro, y con el tiempo estropea a la piel, y al garbo de la juventud. Tanto agacharse, tanto cargar, hay que estar fuerte para llevarlo. A mí antes, me sorprendía oír a una persona mayor decir que ya no tenía fuerzas para el jardín.
– The garden was getting too much for me.
No me entraba en la cabeza que pudiera dar tanto trabajo un mero jardín.
Ahora entiendo que a cada frutal, cada seto, cada flor, hay que limpiarlo, regarlo, abonarlo y cavarlo. Cada uno tiene su epidemia propia, y todos dan un montón de frutos que hay que secar, conservar, o exprimir, o de alguna manera aprovechar, y esto sin hablar de los cereales ¡El trabajo que tienen para segar y almacenarse! Hay que tener empleados hombres apañados y trabajadores… pero que no tengan mucha iniciativa.
Yo flipaba con los rosales. Originario de Persia, cultivada por los Almorávides en las tierras de Andalucía;yo soñaba con un jardín tapiado, repleto de rosas. Antonio plantó media decena en la huerta y en un año ya estaban florecidas. Solo que les atacaban el piojo y Antonio dijo que había que comprar veneno para curarlo. A mí no me convencía lo del veneno, como las hortalizas estaban sembrados ahí cerca, así que preparé una solución de agua y jabón, enseñándole a Antonio aplicarla con un cepillo.
En esta época llegaron dos perros por la acequia, un dogo argentino con el ojo bizco, y un ‘collie’ colorado; aunque les tiré piedras, no se largaron; o me faltaba fuerza en el brazo, o convicción. De todas maneras, por alguna señal que reconocía, el dogo seguía ahí. Y el otro también.
Pues, al dogo le pusimos Duquesa. Los niños, quienes se encargaron de nombrar los animales, siempre los eligen muy sosos. Ya teníamos a una Princesa, y al collie le pusieron Andrew, por ser nombre del príncipe inglés; aunque luego resultó que era hembra también; llevaba un alambre enredado en el pelo y no se veía lo que era. Pasaron varias semanas antes de que dejara acercarse a mi hijo lo bastante para quitárselo.
Otro de los animales afincados ahí era un poni cojo que compré de Manolo el Loco por cinco euros. Le faltaba el uso de una pierna trasera así que me servía de ancla para los otros dos cuando pastoreaban en campos lejanos. Como no se apartaron del poni, y él no llegaba muy lejos, siempre resultó fácil volver a encontrar a la banda. Era un poni Shetland al cuál le había pegado una patada un mulo, o esto era lo que dijeron los gitanos. Tenía la pierna rígida como un palo y lo utilizaba como bastón para moverse. El valor del animal nos impresionó tanto que Antonio le puso ‘Cojonudo’.
Clorofilos
Una mañana baje a la finca para encontrarme a Vanessa, muerta; yacía tiesa en la huerta. ¡Envenenada! Cuando llegaron los hombres discutieron las posibilidades de quien había podido ser. Claro, que tuvimos nuestras sospechas. Parecía probable que la hubieran matado a propósito. Era un buen gato y su pérdida había sido más duro si no tuviera ya gatitos, a salvos en la cuadra. Así que seguimos con las tareas que nos ocupaban hasta la hora del desayuno.
Teníamos la costumbre de desayunar alrededor de una pila que hay al lado del cortijo. El cortijo está pegado a la acequia principal y para abrir camino hasta el pozo quitamos como una tonelada de arena de ahí. Bajó el nivel del suelo más de un metro, dejando a un naranjo con las raíces expuestas. Utilizando botellas recogidas de las bares (intercalamos las del coñac con las del anís) Nano levantó un macetero redondo que nos servía también de mesa. Al lado construyó la pica, y hizo caer el agua del riego por la boca de una piedra tallada que trajimos de Carlonca. Aquella piedra tenía que haber sido de un molino medieval (Nano siempre decía romano para las piezas antiguas); tallada de una caliza amarillenta la buscábamos a pie, trayéndola cargada porque el coche no entraba. Puesto de canto, formaba el respaldo de la pica, y con un hilillo de agua que caía, parecía una fuente de verdad.
Ahora se me parece que aquella fuente daba lugar a la mayoría de los dramas que ocurrieron en mi finca. Cuando miro atrás la veo cada vez en el fondo de la escena, como si se tratara del escenario de un teatro. Aquella piedra se hizo pedazos por la Veneno después, pero en aquella época aun estaba entera. El agua caía con un sonido delicado, había que procurar que caía lo mínimo para que el depósito se mantuviera claro y limpio. Si uno de los hombres ajustaba el caudal, consiguieron meterle un chorro que soñaba como uno meando contra una pared. El movimiento del agua atravesando el aire producía una brisa ligerísima que favorecía el lugar. Ahí comimos el bocadillo, y compartimos una botella de cerveza fresca. Encontrándome en este estado de perfecta felicidad, la pérdida de Vanessa me pesaba menos, hasta que Antonio señaló el poni quien estaba cerca; daba vueltas alrededor de la pierna coja, sin poder avanzar para nada. Lo mirábamos con asombro.
– ¿Que él también estará envenenado?
– ¡Cago en Dios! ¿Qué tipo de suerte tiene? Antonio observó, viendo como el pobre giraba y giraba, la pierna coja taladrando el bancal.

Al cabo del día el poni cayó al suelo, exhausto. Lo habíamos dejado en los frutales, para que comiera algo, y yo me empeñé en ponerle una cincha para levantarlo del suelo. Nano le fabricó una venda fuerte que pasaba por debajo de su barriga, y con gran dificultad, lo colgamos de un naranjo.
Buscando en el botiquín, me encontré una botella de insecticida, media gastada. La botella era de color rosa, con una flor pintada. Una pegatina marcaba el precio y el nombre de la tienda de alimentos del barrio.
– ¿Y este? le preguntó a Antonio
– Para el piojo.
– Pero, vamos a ver, ¿Cuanto has echado? Aquí pone que hay que diluirlo… leía los componentes del insecticida.
– ¡Tranquila mujer! Lo he pagado yo. ¿No ves que me valía poco? Y se ha dejado los rosales niquelados.
Barato si le valía; para nada más que un euro se había cargado el poni.
Claro que a Antonio le costó creer que el insecticida ha sido el culpable de los envenenamientos pero aquella tarde hice una búsqueda en el Internet, todo sobre los cloropirifos. Según lo que leí estos llevaban prohibidos por la Agencia por la Protección del Medio de los Estados Unidos desde el 2001 por el hecho de que no se deshacen ni en el suelo, ni en el agua. Quemándose siguen presente en el aire. Ósea no se pueden tirar nunca, ni enterrarlos, ni quemarlos. Los efectos de contaminación al organismo son daño hepático, dolores de estomago, letargo, falta de coordinación, convulsiones y coma. Seguro que ha sido el elevado coste del almacenamiento perpetuo de este producto tan tóxico que ha impulsado a los fabricantes ponerlo en venta en las tiendas del barrio como cualquier liquido inocuo.
Llamé al veterinario de Berja y le expliqué que tenía un poni envenenado por cloropirifos y me dijo que, afortunadamente, le quedaba UNA dosis de la antídoto (!), y que me lo daría. Pocos días después de administrarlo Cojonudo dejaba de dar vueltas; pero ya por entonces, tenía otro problema.
Había perforaciones profundas en la carne tierna de su culo y entrepierna, eran hondas y curvadas, con la forma de un colmillo de perro, un perro de caza. Parece que la Duquesa, quien, estando en celo, atraía una manada de perros en su búsqueda y por lo visto, atacaron al poni. Lo perros en grupo siempre son más feroces, y el poni dando vueltas seguro que los provocó. He notado en otras ocasiones como a los perros les caen mal los menos validos.
Parece ser que, dejando una perra que se la pillan, le dura menos el celo, y como Duquesa dormía en la calle, pronto nos libramos de sus pretendientes. La perra me acompañaba por toda la finca. Me vigilaba mientras intentaba curar las heridas del desdichado poni. Estuve cada día sacando gusanos blancos y gordos de las perforaciones, llegaban tan profundos que tenía que meter un trozo de botella rota para sacarlos. Cayeron dando volteretas al suelo, bañados de rojo vivo. Desde la sombra me miraba la perra con cara de castigada:
– ¡Que bestia eres! ¡Por Dios! Mira lo que has hecho al pobre… le regañé.
Antes, he tenido éxito secando las heridas con una aplicación de yeso en polvo. Pero con estas no había manera, tan profundas y tan poca carne expuesta a curarse; cada día se llenaban igual de gusanos gozosos, no importaba cuantos hubiera sacado la tarde anterior.
Vino una amiga inglesa a visitarme y aquella noche nos quedamos con Antonio en el bar de los rumanos, el Transilvania. Mientras que bebimos, hablábamos del pobre Cojonudo. Antonio decía que era un animal bravo, pero;
– ¿Qué suerte tiene? ¡Da pena el pobre!
Nos pusimos de acuerdo que, en vez de dejarse comer por los gusanos, lo mejor sería sacrificarlo, y nos quedamos por la mañana en la finca para hacerlo; decididos a poner le fin al sufrimiento del animal.
Por la mañana al despertarme, aun me corría en las venas el efecto del alcohol de la noche anterior. Tenía la mente muy clara, y seguía todos los pasos que tenía que seguir. Cogí el cuchillo de la cocina que, desde la matanza, tenía bien afilado. Lo envolví en un periódico doblado y vestido de ropa vieja con unas botas que tenía para tirar, fui a la finca. Quería actuar enseguida, antes de que entrara el calor.
Estaba Cojonudo de pie, y me costó trabajo echarlo al suelo. Vi que entendí lo que me disponía hacer, y fue un alivio cuando, la vena pinchada y la sangre echada, su ojo volvió insensato, con la bruma del alma partida. Antonio todavía no se había llegado, cosa que me sorprendió poco, y me quedaba con un problema. Ahí estaba el hueco preparado para el cadáver, pero ¿Como alcanzarlo? Decidí descuartiza lo tenía preparado para enterrar cuando llegó Antonio. Hice un chisco y eché un anca a la lumbre para los perros; mientras que se abrasaba, y el aire matinal se llenó del aroma limpia del chisco, me senté en el tranco del cortijo y, cerrando mis ojos, me parecía ver el Cojonudo entero, galopando por un prado verde y soleado. Seguro que habrá sido un producto del cansancio.
Después de esto el Nano me puso Cruela de Vil de apodo.
el Vocal
Cruzamos unos campos amplios pero secos. Los únicos frutales que quedan con vida lindan a la acequia general.
¿Como puede tenerlo tan quemado? le pregunto a Antonio. Me contesta que a lo mejor vende el agua. Llegamos a una pequeña aldea de dos casas. De la primera sale un viejo alto quien nos saluda y se queda ahí observándonos. La segunda casa está rodeada de una valla baja, que encierra cinco o seis perros pequeños; todos ladrando a la vez. El jaleo es terrible. El viejo nos señala la casa con un dedo tembloroso. Los perros vuelven furiosos. El viejo mira a las casa como si a una televisión ¿A ver lo que pasa?; a pesar del escándalo que se está montando, no se asoma nadie en ella. Demos voces, llamando al amo:
– José Miguel. ¡JOSE MIGUEL!
Cuanto más llamamos, más ladran los perros. El ruido es terrorífico. El viejo nos observa con el ojo esclerótico.
– Están dentro. ¡Llámalos otra vez!
Seguimos dando voces pero es difícil conseguir que se oigan por encima del alboroto. Lo tomamos por turnos, cambiamos de sitio para mejor enfocar la voz. Por fin aparece una mujer muy pequeña en la esquina de la casa, sospecho que lleva ahí desde el principio. Se queda en la esquina y grita, también ella:
– ¿Que querréis?
– ¿Está José Miguel?
– ¡No! No está. ¿Quién lo busca?
La señora no se mueve de su posición, y tampoco manda a los perros callar, así que se mantienen a plena voz durante el intercambio y seguimos comunicándonos por gritos.
– Pues ¡Verás! Soy Enriqueta, tengo la finca la Cará, y hace diez días que intento regar…. lanzo.
– Dile a Miguel que el Cabezón nos quita el agua, interrumpe Antonio.
– ¿Que quieres que él haga? ¡Si está malo!
– Es que nos toca el agua ahora señora,
– Pero, ¿Es que mi marido te lo mandó?
– Si señora. ¡Así es!
– ¡Que esto no se hace! Mi marido es administrador desde hace catorce años ¡Que a él hay que hacerle caso!
– ¡Así es! concede Antonio.
– ¡JOSE MIGUEL! La voz de la mujer alcanza un volumen y intensidad que logra pasar por encima del ladrido de los perros y penetra al balcón de la primera planta, haciendo que su marido lo abriera y se asoma en él.
– ¡Que es el Cabezón! El Cabezón les ha cortado el agua…
Parece dudar José Miguel, y mira por encima de nosotros, como si desconfiaba no ver al Cabezón por el camino. Al comprobar que estamos solos, parece tranquilarse. Se irgue para entonar,
– Yo soy el administrador desde hace catorce años…
– ¡Pues! Ven a la acequia a administrarla, suelta Antonio
Miguel vuelve a dejar caerse los hombros.
– ¿Qué? ¿Al río? No puedo… estoy malo. ¿No ves?
– ¡Pero Miguel! Es que no me deja regar…
– ¡Eso! Que tienes que decirle a aquél joven…
– ¡Que no hay derecho! lanza su mujer
– ¡Eso! Que no tiene derecho cortarte el agua, que su finca no tiene más que cuatro marjales, Que me lo sé yo!
– Pero, a mi no me hace caso!
– ¡Es verdad! confirma Antonio
– ¿Por qué no vienes tu? ¡Hombre! Tú sí que puedes decírselo.
Se nota que a Miguel le anima a que se le alarde. Se pone a pensar, mientras su señora no para de mandar, con su voz chillona,
¡Que no se atreve! ¡Que no está por andanzas!
El vecino sigue en su puerta, asistiendo al espectáculo. Pienso que puede ser que tanto jaleo le había tocado el juicio.
– Iré contigo, dice por fin José Miguel.
– Le comentaremos al Presidente de la Comunidad.
¡Bueno! algo es…
Nos quedamos en que él me buscase en mi casa aquella tarde para ir a hablar con el Presidente de la Comunidad de Regantes.

Esa noche de 31 Mayo el Vocal y yo acudimos a la casa del Presidente de la Comunidad de Regantes. Es un hombre agreste a quien se conoce por el Paquitín.
el Jamonazo
Por la mañana, todavía a oscuras, bajo a la finca. Al salir del pueblo se quedan las farolas atrás y dejan de soñar mis pisadas. Se me pegan los hilos de las telarañas a la cara, tejen el camino, colgados de los bancales que lo cercan y me pregunto:
¿Porque tendrán las arañas que cruzar el camino cada noche?
Dejo que mis pies buscan la vía. Solo tengo una hora para ir y venir así que voy rápido. Me gusta la sensación de andar de noche, parece que va uno pisando agua.
Al haber pasado por la Tasquilla antes, traigo el cubo de los desperdicios en la mano. A las siete siempre están los mismos agricultores tomándose un coñac. La pareja de la guardia también está ahí; deben tener una jornada muy larga porque suelen desayunar dos o tres veces. Se ve a lo largo de la mañana el coche de la patrulla aparcado delante cada uno de los bares. Se comunican entre sí por sus radios:
– ¡Socio! ¿Dónde estás?… ¿Qué? ¿En la Peña? Bájate por aquí ¡Que estamos en la Tasquilla!
Su presencia da mucho corte, ya que el bar es muy pequeño y ellos ocupan mucho sitio. Se interponen con sus gestos y sus voces. Se quedan con los pies aparte y los codos fuera. Como van cargados de pistolas tampoco pueden sentarse como una persona normal. En el bar por la mañana solemos chincharnos el uno al otro, pero todo el cachondeo termina con su llegada. Parece que, o no les decimos nada, o les hablamos de forma insinuante; como lo hace Paco, a quien luego lo acusamos de pelotero. Me tengo que disculpar para poder pasar por debajo de los codos de uno para meterme en la cocina, a por el cubo; intento llevarlo de forma discreta. A Paco no le gusta que me vean llevar los desperdicios; como si fuese una costumbre sucia, o hasta ilegal.
Como a Paco no le va mucho lo de las tapas el cubo casi siempre trae nada más que pan. Algunas veces me echa una pata de jamón que me llevo por el hombro como una herramienta. En el cortijo parto el pan en trozos y los voy dejando en una caja para que sequen. Cuando están lo bastante secos sirven de pienso tanto para los perros como para los caballos. Alimentados de pan duro, se puede entender lo mucho que se animan los perros al ver el hueso salado, pero primero hay que picarlo también; machacado se lo comen entero, menos las uñas. Es una faena que me gusta, hasta que presumo de mi habilidad con la hacha. Como todo, tiene un truco; hay que primero presentar el filo de la hacha en el punto exacto donde uno quiere que caiga el golpe, luego levantarla bien alta y dejarla caer sin desviar. Es importante que el apoyo no tenga demasiada resistencia, porque hará daño a la espalda, y afecta al acierto.
El tronco de higuera que me servía a mí tenía excavado un hueco donde habían caído golpes innumerables, pero aquél día pasó algo raro. En la penumbra de la cuadra, al dar el primer golpe con la hacha, algún misil irrumpió la oscuridad, partiéndome la cara; como si me hubiera dado a mi misma en vez de al hueso. Me quedé atontada mientras que intentaba superar esta impresión. Miraba a mí alrededor, tratando ver si alguien se escondía en las sombras; por un instante parecía distinguir la forma de una vieja abultada en el rincón… por supuesto que no había nadie. Al sentir el ojo llenarse de sangre salí del cortijo y me dirigí de vuelta al pueblo. Iba rezando, pidiendo no perder el ojo.
Por suerte, no había nadie esperando en el ambulatorio y Carmen la enfermera de guardia, me pudo atender enseguida. Supongo que se extraño de verme así y le dije:
– Es que, iba partiendo un jamón, y parece ser que el hueso rebotó…
El ojo estaba bien ¡menos mal!. Me cosió unos puntos en la ceja y me dijo que volviere en unos días a quitármelos.
Por la tarde tenía que pasar por el taller, el Mercedes era muy viejo, y pasaba casi todos sus días ingresado. Pepe era muy buen mecánico y siempre había un puñado de gente, casi todos hombres, esperando que le diera su atención. De hecho yo hubiera desarrollado varias técnicas para conseguir que me atendiera, pero aquella tarde no me hacía falta ninguna de ellas. Nada más presentarme con el ojo morado y cosido conseguí su atención;
– ¡Enriqueta! ¿Qué te ha pasado?
– Nada, partiendo un hueso para los perros.
Pepe era alto, flaco, vestía de mono gris, y era sumamente atractivo. Se reía.
– ¡Así que te has dado un jamonazo!
En Andalucía, siempre la palabra justa.

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